La migración humana es un camino tan anti-
guo como la misma humanidad, un recorrido
en el que se han entrelazado culturas, se han
formado pueblos y se ha ido escribiendo la
historia. Migrar es moverse, es desplazarse, sí,
pero es también un gesto profundamente hu-
mano: es la búsqueda de un lugar donde po-
damos florecer, donde la vida encuentre un
respiro nuevo y la esperanza pueda renacer
con más fuerza.
Ateniéndome al significado del término “mi-
grar”, que acabamos de ver, yo me siento un
“migrante”.
Los migrantes parten por una gran variedad
de causas. Todas, todas, han nacido del dolor
-con múltiples caras-, pero también de la es-
peranza. No soy migrante por razones políti-
cas, por padecer hambruna, desastres natura-
les o una guerra cruel... Pero lo soy, pues me
he movido y me he puesto en ca-
mino. Soy un migrante privilegiado,
pues al llegar al Perú, tenía casa,
todo lo necesario para vivir, trabajo
y la acogida de los hermanos y de la
gente.
Porque me siento migrante, por
agradecimiento a los que me aco-
gieron, ofrezco esta reflexión en
este momento tan importante para
muchas personas en España.
“Fui extranjero y me acogieron”
Llegué al Perú hace 38 años. Desde el primer
momento fui acogido con cariño. Puedo decir,
parafraseando a Jesús: “Fui extranjero y me
acogieron” (Mt 25,35). En estos años hubo
una serie de sucesos que voy a recordar.
El 25 de julio de 1990, fiesta de Santiago,
unos doscientos mujeres y hombres armados,
que cubrían sus rostros los pañuelos con los
colores rojo y negro, con fusiles enormes de
asalto, vestidos de verde olivo, tomaron Yuri-
maguas. Eran miembros del Movimiento Revo-
lucionario Tupac Amaru -MRTA-, grupo sub-
versivo. En la Plaza nos reunimos cientos de
personas, donde los terroristas dieron un mi-
tin. Los hermanos Severino González, José
Luis Ochoa y un servidor, con el recordado pa-
dre Luis Irízar, observábamos la situación. Va-
rios de los asaltantes nos saludaban: “Buenos
días, hermanos”. Al cabo de cinco horas, se
fueron. No hubo que lamentar muerte alguna.
No obstante, su presencia se mantuvo velada-
mente.
Pero un año después aparecieron en las pare-
des del Instituto Superior Pedagógico “Mon-
señor Elías Olázar” unas pintadas; en ellas se
leía: “Españoles, no les queremos”. Al lado se
podía leer el lema del citado
grupo, “Patria o muerte – Vence-
remos”, y la firma: MRTA.
Antes de iniciar las clases de
aquel día lluvioso, al ver lo suce-
dido, un grupo de alumnos se nos
acercaron a los hermanos Jesús
Sáez de Jáuregui, Severino Gon-
zález y un servidor. Nos manifes-
taron que querían borrar las pin-
tadas. Les dijimos que no: “No vamos a hacer
el juego a nadie”. Luego vino el comandante
del Ejército y nos instó a borrar las pintadas, y
nuestra respuesta fue la misma que a los alum-
nos, aunque con tono distinto.
Cuando llegamos al día siguiente al centro de
estudios, nuestra sorpresa, y la alegría conte-
nida fueron grandes. No estaban borradas las
pintadas, pero había desaparecido el “no”, de
modo que se podía leer: “Españoles les
queremos”. Los chicos manifestaban así su
“¿No podría ser yo?”
Reflexión en torno a la regularización de migrantes en España
H. Francisco Javier Sáez de Maturana
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cariño y acogida sincera a los hermanos. ¿No
es emocionante? “Fui extranjero y me acogie-
ron”.
¿Qué pasó con las pintadas? Tres soldados
llegaron al acabar las clases, y las borraron.
Una buena noticia
La reciente regularización extraordinaria de
algo más de alrededor de millón de hermanos
y hermanas migrantes aprobada por el Go-
bierno el 27 de enero, no es solo un trámite
administrativo. Es, sobre todo, la culminación
de un camino largo, perseverante, nacido del
clamor silencioso de quienes viven en tierra
ajena con el deseo de dignidad.
Esta medida reguladora hunde sus raíces en la
Iniciativa Legislativa Popular -ILP-, ¿Qué es
una ILP?
1 Pues se trata de un mecanismo de-
mocrático que permite a los ciudadanos de a
pie proponer la creación o reforma de
leyes directamente ante el Congreso.
Pues bien, la ILP sobre la regularización,
promovida principalmente por hombres
y mujeres migrantes que, pese a traba-
jar durante años en España, cargaban
sobre sus hombros el peso de la irregu-
laridad. Durante mucho tiempo, esta ini-
ciativa quedó relegada en un cajón del
Congreso, como tantas esperanzas que
parecen dormidas. Pero Dios trabaja siempre,
como muy bien nos lo dice Jesús: “Mi Padre
trabaja y yo trabajo” (Jn 5,17). Dios suscita en
su pueblo corazones que no se rinden: más de
mil instituciones de la sociedad civil —entre
ellas Cáritas, CONFER y la Conferencia Episco-
pal— no dejaron de sembrar y de insistir, con-
fiando en que la justicia -pues se trata de un
asunto de justicia- siempre encuentra caminos.
Por eso esta regularización no es un logro de
los partidos, aunque algunos quieran adjudi-
cárselo, y tratan de hacerlo ver. Es el fruto hu-
milde y perseverante de un pueblo que cree
en el bien común, y que, creyente o no, se ha
unido para que nadie viva en sombras cuando
puede vivir en la luz.
Cuando el bien común
se convierte en motivo de división
Aunque esta noticia debería unir a todos en
un grito lleno de gratitud, podemos contem-
plar con dolor que se utiliza una vez más para
profundizar diferencias. Ello me lleva a recor-
dar a aquel alcalde que tenía espíritu de con-
tradicción; al llegar el último a los plenos,
abría la puerta y decía: “de qué se trata que
yo me opongo”. Y no solo el alcalde...
¡Que no nos engañen! Hay discursos que pro-
vienen de políticos y de influencers virtuales,
que, en contra de los más básicos principios
morales y en contra del interés general, bus-
can sembrar miedo, sospecha y confusión. Se
propagan falsedades, bulos que no nacen del
amor a la verdad, sino del deseo de dividir,
que envuelven a muchos.
Se dice, por ejemplo, que esta regularización
aumentará el censo electoral; pero los que lo
dicen, y todos, sabemos que nadie puede vo-
tar sin antes haber adquirido la nacionalidad,
proceso que exige años de residencia legal.
Una cosa es regularizar y otra nacionalizar.
Se habla también de un supuesto
“efecto llamada” inexistente, pues solo
se beneficiarán quienes ya residían en
el país antes del 31 de diciembre de
2025.
La regularización de migrantes apro-
bada tiene tan solo carácter retroactivo,
por lo que no afecta a las personas que
a partir de ahora tomen la decisión de
migrar a España, lo hagan de manera
voluntaria o de manera forzosa.
Para evitar caer en errores, debemos animar-
nos todos a reflexionar con espíritu crítico
desde el corazón y con la cabeza, y nunca con
el bazo o el hígado.
Los que nos dedicamos a la tarea de la educa-
ción debemos frenar la influencia de esas fuen-
tes falsas -en este tema y en otros-, y, desde
la buena noticia del Evangelio, tratar de comu-
nicar la verdad que nos hace más humanos,
respetuosos y fraternos. La fe cristiana nos in-
vita a pensar no desde el miedo, sino desde el
corazón iluminado por la razón, la compasión
y el Evangelio. Los educadores cristianos es-
tamos llamados a discernir, a acompañar, a ilu-
minar y a enseñar a distinguir la verdad de la
manipulación.
Caminos de esperanza
La regularización de las personas migrantes
abre caminos de esperanza: les permite incor-
porarse dignamente al empleo, dejar atrás la
vulnerabilidad de la economía informal -
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manteros, trabajos sin derechos con sueldos
humillantes...- y acceder a contratos que re-
conocen plenamente sus derechos.
Es una puerta para integrarse de verdad en la
vida social: empadronarse, recibir atención sa-
nitaria sin miedo -tener cartilla sanitaria-, ga-
rantizar la escolarización de los niños y niñas,
alquilar una vivienda o abrir una cuenta ban-
caria. Todo ello se acompaña de la cotización
a la Seguridad Social, que ofrece protección y
amparo cuando la necesidad apremia.
¿Qué supone la medida aprobada por el Go-
bierno para los niños? Supone un paso impor-
tante para proteger a la infancia migrante. El
interés superior del niño y de la niña -su bie-
nestar, su dignidad, su futuro- debe estar
siempre en el centro. La sociedad lo sabe, y
los educadores corazonistas lo sabemos.
Regularizar no es abrir las puertas
de manera insensata, sino que es
una forma concreta de cuidar: signi-
fica más estabilidad, más derechos y
un horizonte más seguro para los ni-
ños y para sus familias.
Para un niño o una niña, como para
los adultos, tener papeles no es sim-
plemente un trámite administrativo.
Es la diferencia entre crecer rodeado de dere-
chos, cuidados y oportunidades, o hacerlo
bajo el peso del miedo y la inseguridad. Con
la documentación en regla, su acceso a la sa-
lud, la educación y la protección queda asegu-
rado.
Una llamada a vivir el amor
La regularización no es un simple trámite bu-
rocrático; es un acontecimiento que toca el co-
razón del Evangelio y de la Doctrina Social de
la Iglesia. La mayoría de católicos, y también
muchos pastores, la reciben como una buena
noticia. Pero no todos.
Algunas voces eclesiales han expresado reser-
vas o desconfianza. Son pocas, felizmente,
pero llaman la atención cuando se alejan del
consenso del Episcopado y del sentir evangé-
lico de acogida.
El Papa Francisco nos recordó, y lo hacen reli-
giosos, sacerdotes y seglares comprometidos,
con valentía, que nuestra mirada sobre el mi-
grante debe ser la mirada de Jesús: una mirada
que no juzga desde el miedo, sino que reco-
noce al hermano. Su respuesta pone ante
nosotros una pregunta que el Evangelio dirige
a cada discípulo: ¿Desde qué espíritu habla-
mos, actuamos, educamos: desde el miedo o
desde la misericordia? ¿Lo hacemos desde la
indiferencia?
Reacciones ante la medida
Por fortuna, muchos obispos, pastores del
pueblo de Dios, han acogido la medida como
un gesto humanitario y evangélico. Han recor-
dado que quienes serán regularizados ya vi-
ven entre nosotros, trabajan en nuestros cam-
pos y hogares, cuidan a nuestros enfermos,
sostienen silenciosamente la vida de nuestras
comunidades. Pero también ha habido reac-
ciones contrarias.
Entre estas últimas recojo la del franciscano
Jesús Sanz, arzobispo de Oviedo, Este
prelado ha afirmado que la regulariza-
ción forma parte de una serie de medi-
das "populistas y demagógicas".
En la red que utiliza habitualmente, el
obispo franciscano ha escrito que "los
inmigrantes tienen nuestra agradecida
acogida", pero se pregunta "¿cuántos
podemos asumir?". Y continúa diciendo:
"Todos no caben y hay que establecer
medidas sensatas, no populistas ni demagógi-
cas, para acoger a los posibles descartando a
cuantos extrañamente se nos cuelan".
Pero sus declaraciones han tenido respuesta
contundente por parte de personas de su dió-
cesis. En una carta abierta, firmada por más de
cien seglares, religiosos y sacerdotes, lidera-
dos por el sacerdote José Manuel Parrilla, han
reaccionado en total desacuerdo con su
obispo y han señalado que “las manifestacio-
nes públicas del arzobispo de Oviedo sobre
esta materia, reiteradamente usan argumentos
y expresiones que se alejan de los mandatos
bíblicos y se aproximan mucho más a las voces
extremistas que tratan de presentar al mi-
grante como sospechoso, delincuente, inva-
sor...”. Para ellos, el “todos no caben” es una
“expresión absurda, entre otras cosas porque
los que serán regularizados ya están aquí”. Del
mismo modo, alertan de que “siembra la sos-
pecha” con la frase “descartando a cuantos se
nos cuelan”.
Por su parte, el mercedario Florencio Roselló,
arzobispo de Pamplona, que sabe de la vulne-
rabilidad, pues ha trabajado en cárceles y ha
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tomado “el toro por los cuernos” en el horrible
tema de los abusos por parte de gente de Igle-
sia, se ha mostrado a favor de la regularización
extraordinaria de personas migrantes anun-
ciada por el Gobierno de España, que ha con-
siderado "positiva, humanitaria y evangélica" y
que ayudará a "superar estigmas": "hay gente
pensando en pateras y en delincuencia cuando
la mayoría de los que llegan a España y los
que se va a regularizar han llegado a un
avión", mayoritariamente de Colombia, Ruma-
nía y Marruecos, ha indicado. "Es normalizar,
clarificar y dejar de estigmatizar", ha defen-
dido.
Además, el arzobispo pamplonés ha puntuali-
zado que "económicamente es gente que re-
gularizando la situación va a cotizar a la Segu-
ridad Social". Y ha recordado que gobiernos
anteriores - tanto del PP como del PSOE-, tam-
bién llevaron a cabo regularizaciones.
Preguntado Roselló por las declaraciones del
arzobispo de Oviedo, ha contestado sin pelos
en la lengua: "Yo pienso lo contrario". En la
Iglesia, ha dicho, "no somos monocordes y
siempre puede haber alguna discrepancia". Ha
insistido en que "yo creo que es
positivo, humanitario y evangé-
lico" y ha recordado que una de
las condiciones para la regulari-
zación es no tener anteceden-
tes.
Para el dominico Xabier Gómez,
obispo de Sant Feliú, hay una parte de la so-
ciedad española que rechaza a los migrantes.
En su opinión, se debe a que “se instalan en
el relato negativo, en el miedo y en el prejui-
cio”. Pero considera que, gracias a la medida
reguladora, “estas personas migradas hoy
dormirán más tranquilas, y verán mejorada su
situación administrativa. La participación de
muchos en este proceso, en un ejercicio legí-
timo de democracia, es una verdadera victo-
ria”.
El joven obispo Gómez es consciente de que
hay delincuentes, pero afirma que “hay que te-
ner cuidado para no estigmatizar a nadie.
Cuando las personas extranjeras son ricas, no
hay problema; el conflicto aparece cuando hay
desigualdad y precariedad”.
El comboniano Jesús Ruiz Molina, obispo de
Mbaiki -a quien conocí en Lima-, ha indicado
en un encuentro celebrado en Madrid que la
regularización de migrantes es “una buena no-
ticia. Esto es Evangelio, venga del partido que
venga. Con esto se trata de dar dignidad a las
personas, y eso siempre es bienvenido”.
Por su parte, el arzobispo de Toledo, Fran-
cisco Cerro, ha dicho: "La regularización de mi-
grantes es un planteamiento del Evangelio".
De ese modo se ha atraído sobre su persona
las iras de un grupo ultraderechista, que le ha
exigido que no se meta en política
Luis Argüello, arzobispo de Valladolid y Presi-
dente de los Obispos españoles, ha señalado
al conocer la regularización que es un “acto de
justicia, "un reconocimiento de la dignidad hu-
mana y una oportunidad para colaborar en el
bien común", que "viene a solucionar una si-
tuación que en tantos municipios de España
se mostraba ya como de extraordinaria dificul-
tad: personas trabajando, acudiendo a los ser-
vicios públicos, a los servicios sociales, a los
colegios y encontrándose con este muro de la
falta de legalización".
Fernando García Cadiñanos,
obispo de Mondoñedo-Ferrol y
presidente de la Subcomisión
Episcopal para las Migraciones
de la Conferencia Episcopal Es-
pañola, apuesta por la medida e
insiste en el valor que tiene de
cara a la integración, reconocimiento y dere-
chos de miles de personas.
Me alegra mucho la respuesta de la mayoría
de los obispos españoles. El asunto no es solo
cosa de "papeles". Es mucho más. Supone el
reconocimiento de la dignidad profunda y
esencial de la persona -sin excepción- y de la
restitución de derechos fundamentales vulne-
rados por la exclusión administrativa. Como
han señalado entidades eclesiales tras el
anuncio, estamos ante un "acto de justicia so-
cial", con un indudable sabor al Evangelio de
la acogida que se inicia con Jesús.
Miles de hombres y mujeres que atienden ho-
gares y campos, cuidan enfermos y ancianos y
sirven en lo más básico, podrán comenzar a
vivir sin miedo, sin el peso constante de la irre-
gularidad y la exclusión. Esto es un acto de
justicia y también un gesto de misericordia.
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Hay que repetirlo, por si tienen duda los que
se ríen o quitan importancia a cuanto ignoran:
Acoger es Evangelio. Regularizar no es un
gesto político solamente: es un acto de justicia
social, una obra de misericordia, una caricia
del Reino en medio de nuestra historia.
A la luz de la Palabra
Uno de los encuentros más hermosos del
Evangelio se da junto al pozo de Jacob. Jesús,
cansado del camino, se detiene en tierra ex-
tranjera y dialoga con una mujer considerada
impura y despreciada. Para su cultura, aquella
mujer era “la otra”. Para Jesús, era hija amada
del Padre.
En ese encuentro sencillo, Jesús derriba mu-
ros, sana heridas invisibles y proclama una
verdad que atraviesa los siglos: para Dios na-
die es extranjero, nadie es ilegal, nadie es des-
cartable.
Esa escena es un espejo para nosotros. Jesús
nos invita a sentarnos junto al pozo de la hu-
manidad herida y escuchar. Nos llama a abrir
caminos de respeto, de acogida, de dignidad.
Allí donde la política se polariza y las posicio-
nes se endurecen, los cristianos, y más los
educadores, estamos llamados a tejer puentes
y a buscar caminos que ha-
gan posible el bien común.
El Evangelio no nos per-
mite pactar con el miedo ni
justificar el rechazo del dé-
bil. “Fui extranjero y me
acogieron” (Mt 25,35) si-
gue siendo, ayer y hoy, pa-
labra de juicio y promesa
de salvación.
Hoy, más que nunca, necesitamos escuelas ca-
tólicas que ayuden, que eduquen a mirar al
mundo con los ojos de Jesús. Que nuestros
alumnos, colaboradores en misión, padres de
familia, no se dejen arrastrar por discursos de
miedo, que no olviden a los últimos, que no
renuncien a la verdad del Evangelio, aunque
resulte incómoda, que respeten la dignidad y
el honor de toda criatura de Dios.
“¿No podría ser yo?”
Quizá una de las expresiones más humanas
que escuchamos -o decimos- ante el dolor
ajeno es esta: “¿No podría ser yo?”. Y es ver-
dad. Nadie elige el país donde nace, ni las
guerras que destruyen su tierra, ni las violen-
cias que obligan a huir.
Lo vemos en EEUU, donde políticas migrato-
rias inhumanas hacen que familias enteras vi-
van encerradas, heridas, huyendo de realida-
des que ninguno de nosotros desearía vivir.
Esas mismas políticas migratorias inhumanas
han causado muertes, sufrimiento y miedo en
Minneapolis, una ciudad solidaria, acostum-
brada a la integración de culturas y credos.
No podemos olvidar el 7 de enero, cuando Re-
nee Good, de 37 años, madre de familia,
poeta, viajaba en su coche por una calle resi-
dencial cuando miembros del ICE la abordaron
durante una operación migratoria. Como ciu-
dadana estadounidense, el objetivo del opera-
tivo no era ella. Intentaba alejarse, pero tres
disparos interrumpieron su camino y su vida.
Su muerte expone lo frágil que puede volverse
la cotidianeidad cuando la autoridad confunde
sospecha con amenaza.
Solo semanas después, el 24 de enero, Alex
Jeffrey Pretti, enfermero de cuidados intensi-
vos y también ciudadano estadounidense, fue
abatido mientras intervenía para ayudar a una
mujer empujada por los agentes.
Los informes oficiales mencionan que portaba
un arma, aunque los videos
y los testigos dudan. Su
compasión se convirtió en
peligro, y la vida de quien
cuidaba a otros se extin-
guió en medio de un ope-
rativo que no estaba diri-
gido a él. Los asesinos de
ambos son de origen his-
pano.
El 20 de enero, la violencia alcanzó la infan-
cia: Liam, un niño que regresaba del centro de
preescolar, fue detenido junto a su padre. La
rutina y la inocencia se transformaron en vul-
nerabilidad frente a la autoridad. Su miedo,
pequeño y palpable, es espejo de un país que
ha olvidado cómo proteger a los más vulnera-
bles.
Y es que un niño detenido, un enfermero aba-
tido, una mujer muerta en su coche: no son
cifras, son vidas que nos miran, que nos inter-
pelan. La violencia irracional revela lo que las
leyes y los muros no pueden cubrir: la fragili-
dad de lo humano.
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En cada uno de ellos podemos reconocernos.
En cada uno de ellos está Jesús: “Lo que hi-
ciste con uno de estos mis hermanos más pe-
queños, conmigo lo hiciste” (Mt 25,40).
Renee, Alex y Liam, sus nombres pronunciados
en silencio, nos invitan a despertar, a no olvi-
dar que la misericordia sigue siendo el verda-
dero Evangelio, y que la política, cualquiera
que sea -la de mi gusto o la del gusto del otro-
nunca puede sustituir la humanidad. ¿No po-
dría ser yo alguno de ellos?
El Evangelio sigue preguntando, insistente:
¿Dónde estás cuando la violencia arrebata vi-
das inocentes o indefensas, cuando la rutina
se convierte en miedo, cuando la compasión
se castiga?
Conclusión
1. Todos buscamos lo mismo: paz, trabajo,
respeto, acogida, esperanza, un futuro digno.
Lo busca quien huye de la guerra en Ucrania.
Lo busca quien atraviesa África entera.
Lo busca quien cruza el océano desde América
Latina. Lo busca cualquiera de nosotros.
Cada uno de ellos, “¿no podría ser yo?”. Cada
uno de ellos es mi hermano; es un don con-
fiado por Dios a nuestro cuidado.
Detengámonos, miremos, escuchemos, deje-
mos que el Espíritu ablande nuestro corazón.
Porque en cada migrante, Cristo vuelve a lla-
mar a nuestra puerta.
2. La regularización de inmigrantes no signi-
fica entregar papeles de manera automática, ni
concede la nacionalidad, ni otorga derecho al
voto. Tampoco convierte a nadie en un delin-
cuente ni supone una invasión. Es, más bien,
un gesto humilde para ayudar a salir de la in-
visibilidad a personas que ya viven en España,
que trabajan, que aportan, y que con su es-
fuerzo también sostienen el país.
Por eso, ante tantos mensajes que siembran
confusión, recordamos que la verdad siempre
ilumina más que el miedo. Como creyentes, y
como educadores, estamos llamados a mirar
la realidad con ojos de misericordia y justicia,
y a no dejarnos llevar por discursos que utili-
zan el temor o la división para obtener ventaja.
A quienes tienen responsabilidades públicas y
se presentan como católicos, les invitamos a
actuar con rectitud, buscando el bien común y
no la destrucción del adversario.
Que el Señor nos conceda...
Que eduquemos para ver, para mirar, para
echar una mano a aquellos de los que se dice
“estos son los que vienen de la gran tribula-
ción” (Ap 7,14) y nos anuncian el paso de Dios
en la desesperación.
Que el Señor nos regale un corazón capaz de
ver más allá de los prejuicios; capaz de descu-
brir su rostro en el rostro del migrante; capaz
de construir paz donde otros siembran miedo.
Que María, Madre del Camino, que con José y
Jesús vivió la migración forzada, acompañe a
quienes buscan un hogar. Y que la Iglesia -
siempre humilde, siempre peregrina- siga
anunciando con obras la justicia, la misericor-
dia y la ternura de Dios.
Y necesitamos recordar que, ante el sufri-
miento del prójimo, no existen neutralidades:
o tendemos la mano, o pasamos de largo. Y
pasar de largo —lo dicen los profetas y lo con-
firma Jesús— no es solo una omisión: es una
herida para el alma.
Porque el Reino se construye así: paso a paso,
rostro a rostro, hermano a hermano.
5 de febrero 2026