XII Domingo del Tiempo Ordinario
Lectura: Mt 10, 26-33
“Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros. Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo los reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres.” (Mt 10, 31-33).
Meditación:
Dios en su providencia amorosa nos cuida siempre como a hijos amados; todo lo dispone para nuestro bien. Somos únicos, hemos recibido la identidad del Padre y del Hijo por el Espíritu Santo. Existimos con una originalidad, que nos hace distintos a los otros; e infinitamente superiores a los animales o las plantas. Siempre estamos en su presencia.
Esta grandeza que recibimos de Dios es preciso reconocerla ante los demás; la primacía no la tienen las cosas o lo que hacemos, sólo nos define nuestra relación con Dios y con los hermanos. Esto nos lleva a expresarnos con paz y la alegría.
Nadie nos puede robar esta grandeza y dignidad; estamos llamados a manifestarlo ante los demás. Cuando callamos, perdemos el horizonte espiritual y quedamos atrapados por las cosas. En la medida que proclamamos que somos hijos de Dios, también trataremos de vivirlo y lo manifestaremos en la fraternidad.
Oración.
Señor, gracias porque me tienes siempre presente.
Contemplación.
- Jesús, con frecuencia soy indiferente a tu cuidado, me creo autosuficiente
- Yo Soy la Vida, sólo puedes ser feliz unido a Mí… canta nuestra amistad
- Quiero vivir en tu presencia y celebrar constantemente tu amor.
Acción.
Ser siempre testigo de Cristo.